Dadas las circunstancias y la forma de expresar las posiciones asumidas, resulta muy difícil deslizar una opinión que, sin descalificar, rescate algo de luz que clarifique la diferencia, entre la necesidad de liberar piedras del alma y la capacidad de transformarlas en flores, en susurros desplegadores de enigmas, en historias donde los personajes tomen del autor lo nesesario para nacer y luego, recorran caminos que sorprendan hasta al mismo digitador de sus destinos. Cada vez son más los que se atreven a escribir, y eso no está mal; también, hoy por hoy, son muchos los que han aprendido a hacerlo dentro de las convenciones que el mundo exige. Mal que le pese, a unos u otros, la literatura no debe descartarlos pues estaría limitando la posibilidad de que surga alguien que la despavile; el Manco de Lepanto le ganó la pulseada a la chatura de entonces, quién derrotará a la de ahora, no lo sé. ¿Ustedes, sí? En lo personal, mis pensamientos íntimos no son tema de discusión, mientras que los compartidos, sí. Las críticas, del tenor que fueran, son el alimento del que me nutro; el silencio, un desierto sin horizonte. Sucede que, si el mundo me viera a través de mis ojos, las mujeres caerían rendidas y los mesenas se disputarían el privilegio de sostenerme. En fin, en el país de los ciegos el tuerto es rey; en mi caso, qué ojos ven y cúales no. Lo que persiven los mios son lo único que tengo, ¿dirán verdades o encubrirán con espejismos lo que quiero creer? no lo sé. Los comentarios ajenos tienen el valor de la otra mirada, y ofenden si son despectivos, y hacen crecer si son profundos; nunca hieren si no hay una herida abierta. |