La Reina Tamara (1184-1215)
El principio del ciclo que incluye a Bernardo se originó un día de junio de mil doscientos setenta y tres. Y los implicados comenzaron a desvanecerse en mil trescientos trece, siendo la figura doble el último rastro.
El lugar en que comenzó todo pertenecía a un rey muy querido por su pueblo. La sucesión de sus dominios generó las intrigas palaciegas que desunieron a sus hijos “Los Gemelos”.
Los efectos no se hicieron esperar y, muerto el soberano, ella, La Albina, estaba preparada para luchar con lo clásico que era ver a su hermano ascender, como primogénito varón, al trono. Ahí o como consecuencia de ello, se entablaron las luchas internas que dividieron el reino en dos. El Pelirrojo Burlador, como lo llamaban, no estaba dispuesto a ceder lo que de suyo lepertenecía.
La Albina era bellísima, tal lo era también su hermano y no sólo coincidieron en esos virtuosismos de la apariencia si no, aún más, en la furia y ambición de sus almas. Según viejos cuentos, ambos eran crueles, lujuriosos y despiadados; en muchas oportunidades, en algún tiempo desconocido, se dijo que los hermanos superaban, holgadamente, la crueldad del vecino más famoso, el conde Drákula.
Bernardo no desconoce que tal personaje ha existido y que no fue un vampiro como lo describe la literatura fantástica, sino un degenerado que empalaba a los vencidos en batalla y a todo aquel que se le enfrentase. Pero le llama la atención las épocas porque, si bien cercanas, no las cree coincidentes. No obstante, se resigna, pues la comparación es nacida entre el hablar del vulgo mientras lo que se refiere a la historia puntal de los gemelos, no.
Al avanzar en la búsqueda, descubre que La Albina y El Pelirrojo, han sido peores que el famoso “Conde”. Según un antiguo manuscrito: “sus contemporáneos aseguran que ellos disfrutan torturando y matando a todo aquel que tenga un defecto físico; cuando están aburridos, los feos, sólo por el hecho de serlo, les vienen bien y luego de hacerles sufrir hasta lo indecible, los eliminan.”
Lo afecta pensar que desciende de semejantes personajes; pero, al sentir que la curiosidad puede más, se sobrepone y visita a un viejo anticuario que tiene escritos muy antiguos y valiosos que describen las andanzas de Los Gemelos.
El sitio está atiborrado de cosas y el hombre, al notar la sorpresa y embelesamiento de Bernardo, le cuenta que mucho de todo lo que hay en el local proviene de los mismos que quisieron matar el pasado. Y, sin mediar preámbulo, comienza por lo que ha averiguado.
“Los hermanos se hicieron conocidos cuando ya andarían por los treinticinco años (que para ese momento era ser un adulto entrando en la última etapa de la existencia). De sus biografías, en vida, encontré lo siguiente: Los dos son aguerridos - cuando no disputan entre ellos atacan reinos vecinos - en sus lides, son famosos por la crueldad; a los cobardes, melindrosos o dubitativos, los matan con su propia espada, depurando así sus cohortes; por lo tanto, si bien sus ejércitos no pasan de la centena, resultan el terror de los incluso muy grandes. Los gemelos, a grandes rasgos, coinciden en las estrategias que aplican. Eligen un sector del ejercito enemigo y como una exhalación les entran a matar o morir. La acción es tan desprovista de razonabilidad que desconcierta a la mayoría. Mientras algunos ríen, desconociendo lo que les espera, otros ordenan a sus soldados en cuadros fuertemente protegidos por escudos y lanzas. Pero ellos, que carecen de todo escrúpulo y aún menos se atienen a código alguno - La Albina, igual su hermano - cuando ven tal disposición en el campo de batalla, se lanzan contra el grupo que protege al comandante rival o en su defecto, se dirigen directamente al sector de vituallas en donde, casi siempre, los grandes ejércitos llevan sus mujeres y hasta sus niños. La masacre que hacen espanta hasta al más duro contrincante. Es ahí que, aprovechando el desconcierto, sus cien hombres se convierten en los arietes que, en distintos lugares, perforan los cuadros adversarios dejando a su paso un tendal de heridos y muertos. Así, hasta que consiguen desorganizar a sus oponentes, según sean las circunstancias, con el medio citado u otros. Entonces, proceden a la persecución salvaje y cruenta que los ha hecho famosos y temibles, no descansan hasta que logran el exterminio de todo aquel que esté a su alcance. Pocos logran huir; son quienes, después, hablan de las orgías a que se dedican los gemelos y sus hombres, usando tanto a heridos como a cadáveres.”
El hombre busca, en unos archivos llenos de polvo, cosas que todavía sean legibles, Bernardo toma nota de lo que ha escuchado. El anticuario regresa con algunas hojas sueltas cuyos bordes parecen haber sido mordidos por las ratas y con sumo cuidado las coloca sobre el escritorio; antes de empezar a leer puntualmente, comenta.
“Un día, los gemelos se hartaron de mal compartir y entre ellos llegó la batalla definitiva. Los relatos de la época describen el lance como el más dramático y el más sanguinolento de todos los tiempos. Ninguno cede y - desde un principio hasta el final - el empate predomina; las huestes dirigidas por La Albina de un lado y, del otro, las conducidas por El Pelirrojo Burlador, se cobran una vida con otra. El furioso combate recién se detiene cuando todos los soldados y lugartenientes están muertos. Ahí, en la soledad de la tierra ensangrentada, quedan los gemelos.”
En el largo silencio que sigue, el anciano, una y otra vez, lee pedazos de páginas que están en un estado deplorable. Luego, levanta la vista y prescindiendo de lo escrito da su versión del desenlace, como si lo estuviera viendo.
“Ellos están frente a frente y en sus rostros brilla la locura. Ambos sonríen, mientras se quitan sus metálicas protecciones. Acto seguido, se arrojan a la cara las prendas íntimas hasta quedar desnudos. En la tierra roja plena de sangre fresca, copulan rodando entre los cadáveres. Lo hacen hasta que la señora noche posee a la luz y sólo queda en pie la sombra de La Albina desnuda... Mientras ella es bañada por la plata lunar, El Pelirrojo Burlador yace a sus pies, con los ojos cerrados. De visu extenuado; instantes después, muere como antes lo ha hecho el sol entre las llamas de su atardecido ocaso. Su hermana, usando una retorcida daga, le ha partido el pecho al medio; la blanquísima mano extrae el corazón y, al alzarlo como ofrenda al cielo, lágrimas de sangre le salpican el rostro. La Albina, respondiendo a un impulso atávico y perverso, se lo come.”
Bernardo se queda pensando en cuanto habrá de verdad... y el hombre retoma la palabra, ahora sí, solventada en cosas legibles. “Lo que, sí, registraron los anales es el embarazo, lo inusual del parto múltiple y que las dos niñas y los dos niños sobreviviesen...
El reinado de La Albina descolló por todo lo opuesto a lo anterior. La gente estaba feliz; ella favorecía todo aquello que tuviera que ver con el arte, la cultura en general, pero más con la belleza. Con respecto a esa..., un día, se le despertó la antigua crueldad.
Los cuatrillizos eran dioses en pequeño. Mas, como nada es perfecto, sucedió que una de las niñas al crecer se estancó; mientras la otra, no. Lo mismo pasó con los varones y la reina Albina comenzó a hacer diferencias, hasta llegar a ensañarse con los que no crecían en la medida como lo hacían los normales. Con el tiempo, sus burlas se volvieron cada vez más crueles y con ellas obtuvo su propósito, aunque a medias. Los hermanos se dividieron en parejas desparejas que se odiaban; sólo se pusieron de acuerdo para matar a la reina madre y repartirse el feudo. La pequeña se fue con el hermano normal a reinar en su mitad del territorio y los otros dos hicieron lo mismo, en el suyo. Luego, se casaron entre ellos y cada pareja despareja tuvo un solo hijo. La niña, alta, de miembros finitos y cuerpo de tonel; el niño, pequeño en todas sus formas y regordete, o sea, un ser que - a la vista - resultaba insulso e insignificante.”
La nueva pausa se transforma en la sonrisa con que el anciano, momentáneamente, abandona a Bernardo; en el camino a una puerta oculta tras un mueble, se refriega las manos. Instantes después, regresa con un grueso bibliorato forrado con cuero oscuro. Se lo muestra y, con cierto orgullo, le dice...
“El dato sobre el fin de los hijos de la Albina, lo hallé entre los papeles que un colega me prestó. Él, asegura que pertenecen a los documentos que ha podido rescatar de la furia roja de un comunismo mal entendido y, antes de dármelos, dijo que en el cementerio del antiguo monasterio no quedó piedra alguna que señalara el paso de los días de aquella familia. Los registros, sobre nacimientos y defunciones - que llevaba la iglesia ortodoxa dominante en la zona - fueron conservados por un traidor a la causa Roja.”
El anticuario pasa las páginas como queriendo constatar que no está equivocado y afirma. “Es extraño...; alguien se tomó el trabajo de quitar las páginas que a usted le interesan... Al resto no lo han tocado; parte de lo que le dije, más lo que le diré, estaba oculto en el interior del forro de la contratapa de este libro de actas: Los padres de la alta quieren matar al adefesio pequeño y lo propio intentan los otros... Sé que sólo soy un custodio de las cosas de Dios, pero la batalla que he presenciado es obra del demonio. Aún tiemblo al recordar la saña de los malditos engendros..., los hermanos se han dado muerte entre ellos... Los enanos, contusos y desangrándose viajaron al infierno, mientras – mutuamente - con fruición se lamían la sangre que les manaba de las heridas. Todo esto es el resultado del desdeñable incesto comenzado por los gemelos demoniacos y continuado por los cuatrillizos maldecidos por Dios.
En cambio, los dos ahora, huérfanos, parecen hijos de la piedad divina. Los he tratado y sus inocencias hacen olvidar lo mal hechos que han nacido. Pero, el estigma de la reina albina y su hermano los ronda y, antes de pensar en quitar todo vestigio de su paso por el mundo, debo observar bien qué hacen...
Ellos, con el tiempo, han vuelto a unir el reino y, otra vez, llegan épocas de esplendores que nos proveen de una nueva capilla. Suelo visitarlos seguido y en cada vez me sorprendo más por la pureza de sus corazones; no obstante, me preocupa el cariño que se profesan. Durante años he sido, para ellos, el llamado a la reflexión. Mis intentos por hallarles pareja han fracasado. Los primos, ajenos a la Iglesia y contradiciendo todos los sabios mandamientos de la Biblia, ahora, siendo grandes, han tenido descendencia. Las gemelas son idénticas, salvo por el tono de los azules de sus ojos. El mundo las ama, el mundo las idolatra, pero ellas son malas a no poder decir más pues se burlan de Dios, negándose a expiar sus pecados - de origen - en un convento. Así, con ellas, se ha manifestado el castigo del Señor en quienes desoyeron sus mandamientos. La justicia divina se encargará del escarmiento, pero aquí, en la Tierra, en mi Iglesia, de mis Registros, desaparecerán y nadie sabrá que existieron.”
A partir de ahí, tras lo dicho por el anticuario, Bernardo no logra saber nada sobre qué sucedió luego ni si los padres y sus gemelas fueron echados o qué pasó. El silencio no sólo abarca las crónicas sino que se extiende a lo popular. Por eso, al releer la fecha tallada en la base de las figuras unidas por su pedestal, posterior en dos años al último dato sobre sus desventuras, supone que debieron haberse ido a otro lugar.
Han pasado cuatro años desde que Bernardo vio a Zoel en la editorial en la cual trabaja Segismundo. Nunca estuvieron frente a frente; él lo recuerda, pero teme ser interrogado con respecto al motivo que lo llevó a no hacerse presente, luego de lo sucedido con su madre y, sin darse a conocer como el dueño de la agencia de turismo que ha contratado Zoel, lo observa desde lejos.
La vez que coinciden en la sala de estar de un hotel, Zoel, al reconocerlo como el fisgón que, borrosamente, la cámara fotográfica ha registrado incluido en los escenarios turísticos donde se fotografió junto a su esposa, quiere saber qué se trae y lo increpa de mala manera. Las tartamudeantes explicaciones de Bernardo, pero más la llaneza de sus palabras, logran generar una amistad a través de la cual, dos años después, Bernardo se entera de una de las vueltas trágicas del Ciclo del que, desde hace más de setecientos años, es prisionera su familia.
En su oficina, Bernardo recibe un telegrama; Zoel le anuncia la fecha en que lo visitará para llevarle la persona a la cual sólo Bernardo está en condiciones de ayudar...
Falta sólo una semana para que lleguen. Bernardo, al ingresar en su piso de París, encuentra un grueso sobre y no puede explicarse cómo lo han introducido dentro. El único dato del remitente es la firma: Eleodora & Anastasia. No sabe de qué se trata y menos el significado de la posdata en que, a dos voces, le advierten “Yo te quiero mucho (Y yo también), pero tené cuidado con hacerle caso... (Bah..., el Custodio, es un traidor)”.
La historia escrita por las desconocidas comienza con Pier Repeto y Gabriela Sipirante - y se detiene poco antes de que suceda lo que Zoel ha dicho como el motivo de recurrir a Bernardo...
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