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Propiedad intelectual regristrada a nombre de Alejandro R. Bravo.
El Ciclo en formato libro tiene 297 páginas y, si despierta el interes que espero , la publicaré segmentada para respetar los tiempos de los presuntos lectores.
BERNARDO
(Primera parte)
Bernardo nació a bordo del buque en que su abuela huía del resto de la familia. Surcaban aguas internacionales y el bebé fue declarado ciudadano del mundo. Europa no era un lugar desconocido por sus genes y allí vive actualmente.
Francia, el país que los cobijó, con el tiempo le quedó chico y buscó un trabajo que le permitiera acallar el llamado del pasado oculto en la sangre. Comenzó como guía de turismo y después, su empeño, su don de gente más la buena prestancia heredada, le permitieron fundar su propia agencia y recorrer los lugares más recónditos del viejo continente.
Su madre, Andrea Sipirante, padece de T.O.C., mal que, décadas atrás, forzó a la abuela de Bernardo a alejarse de su hermana gemela. E
En el internado, donde está recluida, Andrea goza de todas las libertades que le confiere su estado pasivo. Bernardo sólo la visita muy de vez en tanto.
En realidad, por su trabajo y más por su manera de estar en todo, es difícil prever donde hallarlo.
Un día, Andrea se escapó. A Bernardo recién lo ubicaron una semana después; al enterarse, de que no la podían encontrar, suspendió las vacaciones que se había tomado.
En su piso de París encuentra todo revuelto y supone que Andrea ha estado allí. Le llama la atención que lo único faltante sea la libreta donde su abuela tenía las direcciones de parientes lejanos que no conoce ni sabe si todavía existen.
La pesquisa oficial no logra ningún resultado y, al sospechar que ella no está en el continente, parte de Francia.
De una larga lista, primero visita el país en donde Andrea ha nacido; no la puede ubicar y a quien, sí, logra encontrar, en el edificio en el cual le dijeron que vivía, es a su primo segundo. Cuando ve salir a Segismundo, sin dudar, Bernardo se acerca por detrás y lo nombra. Al estar ambos de frente la sensación resulta la misma: cada uno de ellos piensa que está delante de un espejo. Sólo los diferencia lo distinto del color de los largos y ensortijados cabellos; los de uno, cenicientos y los del otro, renegridos. El abrazo los hermana y Segismundo quiere saber si tiene más familiares... (ignoraba la existencia de parientes, a no ser la de su abuela Samantha). Bernardo no cuenta con datos ciertos que ofrecerle y dejan el tema ahí.
Segismundo tiene una cita pendiente y lo invita al taller que ocupa en la editorial para la cual trabaja. Al ingresar al edificio le pide que aguarde en la recepción hasta que él hable con su jefe, Zoel.
Mientras espera, Bernardo observa detenidamente a los dos hombres; como desconoce todo de la vida de su primo, en lo que ve, trata de descubrir qué lugar ocupa Segismundo en la empresa. Las personas que pasan cerca de ellos, a uno como al otro, los saludan con igual respeto y estima. Cuando Zoel - por indicación de Segismundo - ladea el rostro para observarlo, Bernardo gira dándoles la espalda; el tiempo le urge y, con agrado, en uno de los espejos ve que Zoel libera a Segismundo del compromiso previo para que se ocupe del visitante inesperado.
Segismundo se reúne con Bernardo y lo conduce a las entrañas del edificio; allí, le muestra a qué se dedica. A Bernardo lo impacta ver el trabajo artesanal de su primo; los libros son obras de arte y encuentra otra coincidencia, aparte del parecido físico: él pinta al óleo y, por más que nunca presentó ningún cuadro, sí, ha recibido ofrecimientos de salas y galerías de renombre para que exponga. Dado su bajo perfil no quiere que el mundo se entere de que existe por fuera de su agencia, con ésa le basta y sobra.
Conversan durante toda la tarde, pero aunque le hubiese gustado conocer la familia de Segismundo, lamentablemente, no se puede quedar pues tiene que viajar esa misma noche.
En tanto trata de ubicar a su madre, aprovecha para promocionar su agencia en los lugares que visita. Y, más tarde, al enterarse de lo acontecido, se culpa de que la enferma mujer se haya escapado y más de lo que pretendió hacer: interrumpir el Ciclo actual, atentando contra la vida de la familia de Segismundo. Andrea, en el intento sufrió un accidente y, falleció. El telegrama que le mandaron, a su piso de París, al no ubicar al destinatario fue girado a su origen.
Bernardo siente vergüenza y, con el pretexto de haber recibido la noticia mucho después - a través de las autoridades del instituto donde estuvo internada su madre - rehuye toda comunicación con su primo.
Un día, rescata del olvido el espantajo doble que se ha llevado del taller de Segismundo...
Se trata de dos muñequitos de madera tallados burdamente; unidos por una base en común, la figura de menor tamaño es el dibujo perfecto de lo delineado por Andrea con respecto a la figura de Gabriela, madre de Segismundo. Bernardo no ha olvidado... ¡Bien que lo recuerda! Su bella madre cada tanto repetía la misma cantilena: que ella siempre ha sido hermosa, mientras que su prima es un adefesio y, luego, se la describía con lujo de detalles; sin embargo, lo que nunca pudo entender fue el insistir de Andrea... “La tonta Gabriela en la sangre lleva el maldito estigma que reabrirá el ciclo”.
En cambio, el mamarracho más alto le parece la labor de un niño: un cilindro por torso, largos palillos por extremidades y por encima de un también largo cuello, símil de un fósforo, la cabeza con un palito finito por nariz. Bernardo, al darlo vuelta, descubre una fecha en números romanos (mil trescientos quince) y una palabra en griego . A pesar de que es muy culto y suele leer obras en latín y otras en sus idiomas originales, al principio le cuesta descifrarlo por lo borrado y torpe del trazo. Hasta que al fin lo traduce: El Ciclo.
En su oportunidad, Segismundo no le supo decir nada, sólo que se lo había regalado su padre, Pier Repeto, el día que él, con seis años, preguntó - ¿Por qué te casaste con mamá? En el colegio, se burlan y me cargan...
Bernardo deja de contemplar la extraña figura doble y reconstruye la historia que su primo le contara.
Pier, aquel día, llevó a Segismundo hasta la mesa del comedor y como si su hijo ya fuera un hombre, serio, le respondió - Tus amiguitos hacen mofa de tu madre porque sólo ven su exterior, no su alma; vos..., ¿qué opinás de ella?
-¡Mami es lo mejor del mundo!- Fue la respuesta espontánea que Segismundo niño le dio y se expresó con tanta sinceridad y convicción que, su padre, para ocultar el orgullo, un tanto irónico aseguró - Menos mal que no conocen a tu papá; si-no, imaginate qué dirían...
Entonces, Segismundo niño dio la vuelta alrededor de la mesa y, calladamente, apoyó su cabecilla sobre las largas y finas piernas de su progenitor. Pier lo dejó un rato así, después, lo tomó de los hombros y con seriedad de risa le dijo que retornase a su asiento, que iba a regalarle un secreto que ni siquiera Gabriela conocía. A los pocos minutos regresó y le entregó lo que en el taller, muchos años después, Segismundo cedería a su primo.
Durante los años siguientes a haber recibido los dos muñequitos, Bernardo, cada tanto, recuerda la frase con que según Segismundo, Pier intentó explicar lo que el amor no necesita explicar.
“Esta figura doble es un destino que viene dándose, con saltos generacionales, desde hace casi setecientos años atrás.”
Incitado por el misterio, un día se decide a indagar sobre una historia que en parte está basaba en datos ciertos y, el resto, en viejos cuentos.
Bernardo realiza infructuosos intentos por descubrir, en el pasado, algo que explique la permanencia de las singularidades familiares. Lo perseguido retrocede hasta al año mil trescientos quince y el Kremlin ha sido un celoso custodio de los viejos archivos (aunque muchas veces había ingresado en los territorios Soviéticos, la libertad de moverse a su antojo le era negada).
La ansiada oportunidad surge cuando le ofrecen la posibilidad de sumarse al mercado turístico de los países independizados del imperio ruso. El asunto le resulta interesante. La propuesta le muestra un nuevo horizonte y se propone comenzar con la pesquisa. Ahora, la necesidad de los países... antes sometidos, le abre todas las puertas cerradas y, en poco tiempo, encuentra datos que se remontan hasta el siglo doce.
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